Los próximos días 19 y 20 de febrero se celebrarán las Jornadas Fotográficas del I.E.S. "Carlos María Rodríguez de Valcárcel". Como cada año, contarán con diversas actividades -concurso fotográfico, conferencias, visitas guiadas, entrega de premios y otras sorpresas- encaminadas a la divulgación de un arte u oficio en constante crecimiento. Por ello, la participación de alumnos y profesores se ha convertido en uno de sus rasgos más destacables. Este curso, además, los conferenciantes son de primer nivel: fotógrafos como Paola Ardizzoni (La comunidad, Los abarazos rotos, No habrá paz para los malvados), Claudio de Casas (Todo lo que tú quieras), José Cortés Cortejarena, Matías Nieto (El bola, Alatriste) y Pedro Martínez ofrecerán sendas charlas sobre la profesión y sus mecanismos, rescatando anécdotas y recuerdos más que interesantes.
Desde aquí, en SMFJL, os invito a participar.
I.E.S. Carlos María Rodriguez de Valcarcel Pza. del Encuentro, 4 (Metro Vinateros-L9) Moratalaz (Madrid)
Desde hace algún tiempo, Clint
Eastwood padece el síndrome del cineasta trascendental: el que decide dirigir
historias que, desde su punto de vista, merecen un estimable análisis. Se
embarca en proyectos de corte retro como respuesta a la modernidad imperante
hoy día. Y es que hablamos de Eastwood, un republicano recalcitrante que cuando
se sitúa enfrente o detrás de una cámara, hace que nos olvidemos del hombre terrenal, el
que vive sus pasiones y sus fobias como cualquier otro. Siempre con esa
expresión fría y taciturna, dura y castrense, adherida a nuestra memoria
cinéfila. El mismo que nos ha regalado obras fundamentales del cine moderno: Sin perdón, Mystic River, Million Dollar
Baby, Cartas desde Iwo Jima, y un
largo etcétera.
Últimamente, sin embargo, no está
muy fino. Gran Torino había cerrado
(o eso decía) de manera sobresaliente su carrera como actor, gracias a una
historia que giraba en torno a un veterano de la guerra de Corea, racista y
demoledoramente conservador, que se encariña de una familia de chinos cuyo hijo
pequeño sufre el acoso de una banda de delincuentes. Y, por supuesto, allí
(re)dibujaba el arquetipo de sheriff
con un amplio sentido de la justicia. El resultado de mezclar a William Munny
con Harry Callahan soltándolo en la jungla del siglo XXI. La pantalla ardía con
su presencia, y, por qué no decirlo, con sus frases xenófobas del estilo: “Eh,
rollito de primavera”, o “Tú, irlandés lechoso”. Manifestaciones que en boca de
cualquier tío sin clase sonarían a lo que son, vulgaridad e ignorancia, pero
que bajo la dialéctica de Eastwood sonaban a música transgresora.
Luego vendría Invictus, la adaptación del libro El factor humano, de John Carlin. O sea,
la crónica de Nelson Mandela –icono político de la lucha contra el apartheid- y cómo la selección de rugby
de Sudáfrica ganó el Mundial de 1995. Un testimonio periodístico que llevado a
la pantalla grande no funcionó como se esperaba: su esquema basado en el poder
social del deporte era tan plano y aburrido que ni siquiera Morgan Freeman (Mandela)
y Matt Damon podían sacar adelante la empresa. Obviamente, Eastwood quería
experimentar, adentrarse en terrenos que siempre habían sido ajenos a él o a su
concepción del cine. Así lo demostró en Más
allá de la vida, un filme que hablaba de una realidad parapsicológica en
mitad de una de las mayorescatástrofes
naturales de los últimos tiempos: el tsunami
que asoló el Sudeste asiático en 2004. Esta
vez, el director manejó con buen criterio –aunque sin ganarse una ovación-
hechos tan abstractos como profundos.
En J.Edgar, decide explorar una de las personalidades más
controvertidas de la política (aunque se trata del director general del FBI)
estadounidense del siglo XX. La película, cuyo tono visual frío y clásico evoca un estilo de cine en pérdida, no ayuda a identificar las señas de identidad
del director de El fuera de la ley.
Aquí, la forma y el discurso no logran emocionar. Éste incide sobre la figura
de Hoover pero de manera superficial, ya que lo que vemos y oímos lo cuenta el
propio cerebro de esa agencia que combate el crimen y a los gánsters de la
época como John Dillinger, quien fue perseguido por Melvin Purvis y asesinado
más tarde por unos machacas del
propio FBI. La gloria se la llevó Edgar Hoover, un tipo esquivo, contradictorio,
patriota, temeroso, paranoico, racista, cínico, imprevisible. Un homosexual reprimido
durante toda su vida por culpa de una madre que le recordaba periódicamente que
prefería tener un hijo muerto que maricón; un corazón enamorado de su asistente
y mano derecha.
Desgraciadamente, hay una omnipresente
voz en off –en este caso muestra de
la impericia narrativa del libreto- que difumina la potencia dramática de una
historia atractiva pero contada de manera tediosa. Las regresiones, que evocan
a Forrest Gump (un hombre que le
cuenta toda su vida a un desconocido) sin rozar lo sublime de ésta, son
continuas y hacen del montaje una experiencia repetitiva. J.Edgar es un filme acartonado –como la cara de Hoover-, no
clasista.Su aspecto grisáceo,
envejecido y su arritmia hacen que esta peli esté a años luz del mejor Clint
Eastwood. Sin embargo, Leonardo DiCaprio ofrece -como viene
siendo habitual- una actuación memorable.
Marilyn Monroe es uno de los
grandes iconos del siglo XX. Ocupa un lugar privilegiado dentro de ese Olimpo
de “mártires” (o candidatos a dicho estatus) que se ganaron el favor del pueblo
gracias a un permeable carisma que trascendía más allá de sus cargos, ya fueran
políticos o artísticos. Hablo de Gandhi, de Martin Luther King, del Ché
Guevara, de Muhammad Alí, de Marlon Brando, de Frank Sinatra, gente así.
Personalidades que se ganaron un hueco en nuestra frágil memoria: probablemente
fueran los mejores en lo suyo; pero además, poseían cierto halo que atraía como
un imán infalible. Muchos han sido los cronistas y biógrafos dispuestos a
indagar en sus claroscuros, y todavía hoy interesan sus trapos sucios, su
decadencia, la verdad que se escondía detrás del triunfo y la consecuente
riqueza (casi siempre, sólo económica).
De Marilyn Monroe conocemos su
incuestionable belleza y sex-appeal,
nos han contado casi todo acerca de sus adicciones, su fobia a la soledad, sus
inseguridades, sus conquistas amorosas. Ahí está la biografía a cuenta de la
aseada pluma de Donald Spoto. También sabíamos –aunque desde hace poco tiempo-
que se estaba preparando una especie de biopic que narraría uno de los
apasionantes episodios de la vida de esta actriz (y cantante), exactamente aquél
en el que coincidió con Laurence Olivier en el rodaje de El príncipe y la corista, una comedia romántica dirigida por el
propio Olivier y que en 1957 reafirmó las cualidades apolíneas de Marilyn
Monroe para convertir la mediocridad en algo único: al fin y al cabo, basta con
verla en pantalla. El resto es secundario. Productores y ejecutivos sabían del
filón de la eterna rubia y, por tanto, no dudaban a la hora de solicitar sus
servicios. Y así lo muestra Mi semana con
Marilyn, una película que nace con el precedente de un libro, el de Colin
Clark, que cuenta cómo éste, con tan sólo 23 años, entró a trabajar en la
citada producción de Laurence Olivier y conoció a la estrella de La tentación vive arriba y,
posteriormente, Con faldas y a lo loco.
No estamos ante el típico biopic
que describe una vida de principio a fin. La cinta de Simon Curtis radiografía
–con mejor o peor fortuna- un estado de ánimo que parece estar ahí desde
siempre. O sea, desde que Marilyn era niña y descubrió que sus poderosas aptitudes en el
escenario conquistaban a la clientela, y que tal vez ese don nublaría parcialmente
una personalidad trágica y volátil. Por aquel entonces, en 1956, ella estaba
casada con el dramaturgo Arthur Miller, aunque la relación había pasado sus
mejores días y el escritor británico se había declarado incompetente para domar a la fiera. Hostigado por la
situación, Miller decidió retirarse de su lado durante unos días, tiempo en el
que Marilyn flirteó con el ayudante de dirección de Olivier, llamado Colin
Clark. Y como resultado, éste se enamoró perdidamente, cayó rendido a su
belleza como un pobre ante una obra de
arte, víctima del síndrome de Stendhal. Aquí, la mujer con el lunar más sexy
del celuloide, tiene la voz y el cuerpo de Michelle Williams, una actriz que
últimamente se ha unido a proyectos aparentemente menores –véase Blue
Valentine, donde interpreta a la mujer de Ryan Gosling- que requieren de un
trabajo profundo, visceral, metódico pero sin fórmulas aparentes, que cuando lo
ves en pantalla te lo crees, sufres, ríes y hasta lloras con la recreación de
esa vida que no existe, que es pura invención con la que te identificas a
distintos niveles.
Y en Mi semana con Marilyn está pletórica. Seduce, hipnotiza, enamora.
Hace suyo el cadente susurro de Monroe, la sonrisa que se dibujaba en señal de
travesura, de inocencia –más interrumpida que nunca- y falsa picardía. O esta
es la mujer que nos enseñan, ya que a lo largo de todo el filme asisto a la
consagración de un personaje de cristal de Swarovski, depresivo y hermético ante
el mundo que (no) la comprende. Asimismo, lo primero que sabemos de ella es que
sufre una fuerte adicción a los barbitúricos, que lleva tras de sí la sombra de
un vampiro, profesora del Método y
profesional de la nadería que dice cuidarla. Como todos, por supuesto.
Todos (y esto lo habrán oído miles de veces) querían ayudarla; pero llevaba la
autodestrucción en el ADN. El buen camino, ya saben, por ahí querían
(re)conducirla.
La cinta, cuya notable
ambientación es merecedora de innumerables elogios, cuenta con un guión muy
limitado que cumple con los esquemas de este tipo de producciones: si me dicen
que es una miniserie de HBO, me lo creo. Sin embargo, a pesar de tan exquisita
factura técnica, también percibo la enfática languidez del biopic. Un descenso
que en lugar de inquietar, genera desinterés. Aún así, celebro escuchar la
música de Conrad Pope y Alexander Desplat, y las escuetas frases de Toby Jones.
Hay escenas que me gustan y otras que me aburren sobremanera. Se trata de una
esas pelis que olvidas con facilidad, salvo por el soberbio recital de Michelle
Williams.