Acordes y desacuerdos

sábado, 16 de febrero de 2013

Jornadas Fotográficas del IES Valcárcel


Los próximos días 19 y 20 de febrero se celebrarán las Jornadas Fotográficas del I.E.S. "Carlos María Rodríguez de Valcárcel". Como cada año, contarán con diversas actividades -concurso fotográfico, conferencias, visitas guiadas, entrega de premios y otras sorpresas- encaminadas a la divulgación de un arte u oficio en constante crecimiento. Por ello, la participación de alumnos y profesores se ha convertido en uno de sus rasgos más destacables. Este curso, además, los conferenciantes son de primer nivel: fotógrafos como Paola Ardizzoni (La comunidad, Los abarazos rotos, No habrá paz para los malvados),  Claudio de Casas (Todo lo que tú quieras), José Cortés Cortejarena, Matías Nieto (El bola, Alatriste) y Pedro Martínez ofrecerán sendas charlas sobre la profesión y sus mecanismos, rescatando anécdotas y recuerdos más que interesantes.

Desde aquí, en SMFJL, os invito a participar. 

I.E.S. Carlos María Rodriguez de Valcarcel
Pza. del Encuentro, 4 (Metro Vinateros-L9)
Moratalaz (Madrid)



jueves, 13 de septiembre de 2012

Bostezos de cartón


Desde hace algún tiempo, Clint Eastwood padece el síndrome del cineasta trascendental: el que decide dirigir historias que, desde su punto de vista, merecen un estimable análisis. Se embarca en proyectos de corte retro como respuesta a la modernidad imperante hoy día. Y es que hablamos de Eastwood, un republicano recalcitrante que cuando se sitúa enfrente o detrás de una cámara,  hace que nos olvidemos del hombre terrenal, el que vive sus pasiones y sus fobias como cualquier otro. Siempre con esa expresión fría y taciturna, dura y castrense, adherida a nuestra memoria cinéfila. El mismo que nos ha regalado obras fundamentales del cine moderno: Sin perdón, Mystic River, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima, y un largo etcétera.

Últimamente, sin embargo, no está muy fino. Gran Torino había cerrado (o eso decía) de manera sobresaliente su carrera como actor, gracias a una historia que giraba en torno a un veterano de la guerra de Corea, racista y demoledoramente conservador, que se encariña de una familia de chinos cuyo hijo pequeño sufre el acoso de una banda de delincuentes. Y, por supuesto, allí (re)dibujaba el arquetipo de sheriff con un amplio sentido de la justicia. El resultado de mezclar a William Munny con Harry Callahan soltándolo en la jungla del siglo XXI. La pantalla ardía con su presencia, y, por qué no decirlo, con sus frases xenófobas del estilo: “Eh, rollito de primavera”, o “Tú, irlandés lechoso”. Manifestaciones que en boca de cualquier tío sin clase sonarían a lo que son, vulgaridad e ignorancia, pero que bajo la dialéctica de Eastwood sonaban a música transgresora.

Luego vendría Invictus, la adaptación del libro El factor humano, de John Carlin. O sea, la crónica de Nelson Mandela –icono político de la lucha contra el apartheid- y cómo la selección de rugby de Sudáfrica ganó el Mundial de 1995. Un testimonio periodístico que llevado a la pantalla grande no funcionó como se esperaba: su esquema basado en el poder social del deporte era tan plano y aburrido que ni siquiera Morgan Freeman (Mandela) y Matt Damon podían sacar adelante la empresa. Obviamente, Eastwood quería experimentar, adentrarse en terrenos que siempre habían sido ajenos a él o a su concepción del cine. Así lo demostró en Más allá de la vida, un filme que hablaba de una realidad parapsicológica en mitad de una de las mayores  catástrofes naturales de los últimos tiempos: el tsunami que asoló el Sudeste asiático en 2004.  Esta vez, el director manejó con buen criterio –aunque sin ganarse una ovación- hechos tan abstractos como profundos.


En J.Edgar, decide explorar una de las personalidades más controvertidas de la política (aunque se trata del director general del FBI) estadounidense del siglo XX. La película, cuyo tono visual frío y clásico evoca un estilo de cine en pérdida, no ayuda a identificar las señas de identidad del director de El fuera de la ley. Aquí, la forma y el discurso no logran emocionar. Éste incide sobre la figura de Hoover pero de manera superficial, ya que lo que vemos y oímos lo cuenta el propio cerebro de esa agencia que combate el crimen y a los gánsters de la época como John Dillinger, quien fue perseguido por Melvin Purvis y asesinado más tarde por unos machacas del propio FBI. La gloria se la llevó Edgar Hoover, un tipo esquivo, contradictorio, patriota, temeroso, paranoico, racista, cínico, imprevisible. Un homosexual reprimido durante toda su vida por culpa de una madre que le recordaba periódicamente que prefería tener un hijo muerto que maricón; un corazón enamorado de su asistente y mano derecha. 

Desgraciadamente, hay una omnipresente voz en off –en este caso muestra de la impericia narrativa del libreto- que difumina la potencia dramática de una historia atractiva pero contada de manera tediosa. Las regresiones, que evocan a Forrest Gump (un hombre que le cuenta toda su vida a un desconocido) sin rozar lo sublime de ésta, son continuas y hacen del montaje una experiencia repetitiva. J.Edgar es un filme acartonado –como la cara de Hoover-, no clasista.  Su aspecto grisáceo, envejecido y su arritmia  hacen que esta peli esté a años luz del mejor Clint Eastwood. Sin embargo, Leonardo DiCaprio ofrece -como viene siendo habitual- una actuación memorable.


jueves, 5 de abril de 2012

'Mi semana con Marilyn', cristal de Swarovski

  

Marilyn Monroe es uno de los grandes iconos del siglo XX. Ocupa un lugar privilegiado dentro de ese Olimpo de “mártires” (o candidatos a dicho estatus) que se ganaron el favor del pueblo gracias a un permeable carisma que trascendía más allá de sus cargos, ya fueran políticos o artísticos. Hablo de Gandhi, de Martin Luther King, del Ché Guevara, de Muhammad Alí, de Marlon Brando, de Frank Sinatra, gente así. Personalidades que se ganaron un hueco en nuestra frágil memoria: probablemente fueran los mejores en lo suyo; pero además, poseían cierto halo que atraía como un imán infalible. Muchos han sido los cronistas y biógrafos dispuestos a indagar en sus claroscuros, y todavía hoy interesan sus trapos sucios, su decadencia, la verdad que se escondía detrás del triunfo y la consecuente riqueza (casi siempre, sólo económica).

De Marilyn Monroe conocemos su incuestionable belleza y sex-appeal, nos han contado casi todo acerca de sus adicciones, su fobia a la soledad, sus inseguridades, sus conquistas amorosas. Ahí está la biografía a cuenta de la aseada pluma de Donald Spoto. También sabíamos –aunque desde hace poco tiempo- que se estaba preparando una especie de biopic que narraría uno de los apasionantes episodios de la vida de esta actriz (y cantante), exactamente aquél en el que coincidió con Laurence Olivier en el rodaje de El príncipe y la corista, una comedia romántica dirigida por el propio Olivier y que en 1957 reafirmó las cualidades apolíneas de Marilyn Monroe para convertir la mediocridad en algo único: al fin y al cabo, basta con verla en pantalla. El resto es secundario. Productores y ejecutivos sabían del filón de la eterna rubia y, por tanto, no dudaban a la hora de solicitar sus servicios. Y así lo muestra Mi semana con Marilyn, una película que nace con el precedente de un libro, el de Colin Clark, que cuenta cómo éste, con tan sólo 23 años, entró a trabajar en la citada producción de Laurence Olivier y conoció a la estrella de La tentación vive arriba y, posteriormente, Con faldas y a lo loco.


No estamos ante el típico biopic que describe una vida de principio a fin. La cinta de Simon Curtis radiografía –con mejor o peor fortuna- un estado de ánimo que parece estar ahí desde siempre. O sea, desde que Marilyn era niña  y descubrió que sus poderosas aptitudes en el escenario conquistaban a la clientela, y que tal vez ese don nublaría parcialmente una personalidad trágica y volátil. Por aquel entonces, en 1956, ella estaba casada con el dramaturgo Arthur Miller, aunque la relación había pasado sus mejores días y el escritor británico se había declarado incompetente  para domar a la fiera. Hostigado por la situación, Miller decidió retirarse de su lado durante unos días, tiempo en el que Marilyn flirteó con el ayudante de dirección de Olivier, llamado Colin Clark. Y como resultado, éste se enamoró perdidamente, cayó rendido a su belleza como un  pobre ante una obra de arte, víctima del síndrome de Stendhal. Aquí, la mujer con el lunar más sexy del celuloide, tiene la voz y el cuerpo de Michelle Williams, una actriz que últimamente se ha unido a proyectos aparentemente menores –véase Blue Valentine, donde interpreta a la mujer de Ryan Gosling- que requieren de un trabajo profundo, visceral, metódico pero sin fórmulas aparentes, que cuando lo ves en pantalla te lo crees, sufres, ríes y hasta lloras con la recreación de esa vida que no existe, que es pura invención con la que te identificas a distintos niveles.


Y en Mi semana con Marilyn está pletórica. Seduce, hipnotiza, enamora. Hace suyo el cadente susurro de Monroe, la sonrisa que se dibujaba en señal de travesura, de inocencia –más interrumpida que nunca- y falsa picardía. O esta es la mujer que nos enseñan, ya que a lo largo de todo el filme asisto a la consagración de un personaje de cristal de Swarovski, depresivo y hermético ante el mundo que (no) la comprende. Asimismo, lo primero que sabemos de ella es que sufre una fuerte adicción a los barbitúricos, que lleva tras de sí la sombra de un vampiro, profesora del Método y  profesional de la nadería que dice cuidarla. Como todos, por supuesto. Todos (y esto lo habrán oído miles de veces) querían ayudarla; pero llevaba la autodestrucción en el ADN. El buen camino, ya saben, por ahí querían (re)conducirla.

La cinta, cuya notable ambientación es merecedora de innumerables elogios, cuenta con un guión muy limitado que cumple con los esquemas de este tipo de producciones: si me dicen que es una miniserie de HBO, me lo creo. Sin embargo, a pesar de tan exquisita factura técnica, también percibo la enfática languidez del biopic. Un descenso que en lugar de inquietar, genera desinterés. Aún así, celebro escuchar la música de Conrad Pope y Alexander Desplat, y las escuetas frases de Toby Jones. Hay escenas que me gustan y otras que me aburren sobremanera. Se trata de una esas pelis que olvidas con facilidad, salvo por el soberbio recital de Michelle Williams.        

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SHSS


02:00 a.m.


El aire inhala festejo. Trescientos freaks disfrazados de Muerte. ¿Truco o trato?, preguntan.


05:00 a.m.


Las calles están desiertas. La noche es fría. Los disfuncionales duermen abrazados a su osito de peluche.



La poesía no es cursi por definición.